El tren minero

Todas las mañanas,de aquellos fríos días del invierno tan largo que iba desde septiembre por el Cristo hasta la llegada de la cigüeña ,cogía mi cubo de latón y me acercaba hasta las vías del tren a recoger grano a grano, trozo a trozo,las piedrecitas de carbón que el tren minero soltaba camino  de la central eléctrica.

Entre el traqueteo y los saltos de aquellos inmensos caballos de hierro,que tiraban con denuedo entre el piélago y la Vega caían en abundancia pequeños trozos del carbón que a mi padre la había partido su columna vertebral, y que habían decorado sus manos con minúsculas incisiones dentro de la piel y le recordaba lo cruel que es la mina con los que viajan en sus entrañas,silenciosos o ruidosos dependiendo del miedo que se tiene ese día,

Don  Manuel  el maestro escuela,nos lo tenía dicho:además de la cartilla y el pizarrin, traed carbón para la estufa.La misma en la que nos arremolinábamos todos después del recreo mientras se secaban nuestros huesos y nuestras humildes ropas caladas por la nieve.

El maestro apuraba uno tras otro un cigarro de picadura  y echaba cuentas de cuantos días faltaban  para bajar a la capital a recibir su paga, pero tampoco se olvidaba, una lata de carbón es la condición para entrar a la escuela.

Yo no quería faltar, por eso mi tren minero esparcía el carbón entre las vías desde El Piélago hasta la Vega. Y con mi lata recogía  el carbón grano a grano, en espera de una primavera que hiciese más fácil acudir a la Escuela Nacional.